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PROYECTOS CURATORIALES EN ESPACIOS DÉBILES
Rosina Cazali
Esta no es una ponencia formal. Es un breve acercamiento
al ponorama del arte contemporáneo guatemalteco de los últimos
diez años a travès de tres proyectos artìsticos:
Octubreazul, Los desaparecidos y Mirando al sur.
Mi interès en reunir e hilar estos proyectos
es porque cada uno de ellos traduce la evolución de un panorama
particular además de explica la razón de algunas de
las ideas que han sido centrales en Guatemala a lo largo de la dècada
de 2000.
Más que la búsqueda de respuestas
concretas, esta revisión es un punto de partida para encontrar
aquellas preguntas que puedan ser pertinentes y que reubiquen el
manido mapa de Torres Garcìa, el que fue invertido para provocar
un nuevo paradigma de relaciones entre norte y sur pero nunca escapò
de los sistemas binarios: norte/sur, centro/periferia, visibles/invisibles.
De hecho, cuando pienso en los esquemas binarios que se plasman
en el mapa de Torres García y muchos de los discursos articulados
en los últimos años, donde se nombra y se da por hecho
la relaciòn Norte/Sur, la visibilidad vs. la invisibilidad,
la periferia vs los centros, la no modernidad contra la contemporaneidad,
me parece que sólo se esta dando continuidad a un sistema
monolítico basado en sistemas de poder y privilegios. Los
mismos recolocan y estabilizan la desventaja sobre las expresiones
culturales de paìses como Guatemala.
Pero, como he señalado, esta breve intervención
se enfoca sobre proyectos que se desarrollaron en ese supuesto estado
de desventajas y, sin embargo, respondían a una realidad
concreta. Generando así cambios de mentalidad y la base teórica
de la generación que desarrolló la mayoría
de sus propuestas en la década de 2000, caracterizada como
la década de posguerra y de mayor incidencia para retomar
los espacios urbanos, como escenarios artísticos y de elaboración
de nuevos discursos y producciones simbólicas. Y, como acompañamiento
fundamental del arte, las prácticas curatoriales. Las cuales,
en ese inicio de siglo y décad, comienza a estabilizarse
y provocar sus mayores retos y aportes a través de la figura
de la curaduría independiente. En un paìs donde aun
se cuestionaba la figura del curador, y no se asumìa como
una profesiòn o se mantenía alejada de las funciones
y divisiones tradicionales de tareas asociadas al àmbito
institucional, comienza a dibujarse esta presencia, como un ente
provocativo, ambiguo y que introduce el carácter especulativo
que ha caracterizado a muchas de sus acciones.
A mi parecer, el primer proyecto que emergiò
en este marco temporal, con el acompañamiento decisivo de
la figura del curador, hizo una gran diferencia frente a un espacio
dèbil, lleno de carencias formativas, de estructuras culturales
frágiles, donde la carencia de crìtica y otras dificultades
de gestión eran la norma. Los otros 2 proyectos son experiencias
màs recientes y, por ello, con resultados concretos y de
mayor efectividad, donde se cuenta con espacios de administración
y gestión donde el curador ya es una figura legitimada y
èste ha aprendido a negociar su espacio de autonomìa
en beneficio de las expresiones contemporàneas. En particular,
me refiero a una negociación con instituciones que se desprenden
de la cooperación internacional, donde nadie esta excento
de hacer alguna referencia a los neocolonialismos y, sin embargo,
se dibuja como una de las plataformas de actividad e intercambio
màs productivas, retadoras, y aleccionadoras de los ùltimos
años.
OCTUBREZUL (Antecedentes)
El Festival Octubreazul, celebrado por única
vez en el año 2000, es el movimiento emblemático que
marca el inicio de una generación de artistas vinculados,
en su mayoría, a las dos convocatorias del Festival de Arte
Urbano celebradas en los años 1998 y 1999, en el marco de
una serie de acciones que intentan revitalizar el Centro Histórico
de la ciudad de Guatemala. El nombre, Octubreazul, propuesto por
José Osorio, uno de los principales promotores y curador
general del evento, remite a una variable para celebrar el mes de
octubre y la Revolución del 44, una fecha histórica
que inicia con el derrocamiento del gobierno del General Jorge Ubico,
quien por espacio de 14 años se había mantenido en
el ejercicio del poder. El movimiento conocido históricamente
en Guatemala como la Revolución de 1944, fue un período
de grandes cambios políticos y sociales que sucumbió
ante las acciones intervencionistas y anticomunistas de los Estados
Unidos en 1954. En memoria a ese breve período de avances
democráticos, Octubreazul abría una mirada generacional
y de relectura sobre el período. En sí mismo sacrificaba
la exactitud histórica, además de la tradicional forma
de relacionar el color rojo con la mitología instaurada con
la Revolución de Octubre soviética, a fin de hacer
sitio a un período de transiciones, motivado por las esperanzas
de ver concluído el conflicto armado y la firma de los acuerdos
de paz en el año 1996. No obstante, esta perspectiva generacional
también incluyó una toma de conciencia ante el recuento
de muertes y dolor que trajo el conflicto y la publicación
de una serie de informes y testimonios que daban cuenta de la trágica
historia de Guatemala, la represión y el genocidio que sufrió
el pueblo guatemalteco a principios de los 80 cuyos principales
responsables fueron las fuerzas de seguridad del Estado.
El festival también dio vida al personaje-ciudad que ya se
revelaba en la literatura guatemalteca contemporánea del
momento además de su mitología poética (J.
Payeras: Reconstrucción de la poesía acumulada. 2008).
La ciudad –conteniendo y representando todas sus variables
en el Centro Histórico- fue el escenario escogido por muchos
de los artistas que no sólo reconocieron el territorio como
el lugar ideal para establecer un diálogo con un público
no especializado sino como espacio que construía de manera
natural la simbología que caracterizaba las nuevas narrativas,
las relaciones con el entorno urbano y el reconocimiento de los
cambios que éste ya evidenciaba a partir de los flujos migratorios,
la creciente violencia, el deterioro económico, etc. El centro,
como el de muchas ciudades, no sólo era ese espacio intangible
que resume la noción de modernidad y vida urbana que estos
nuevos grupos anhelaban. Además, por haber sido “abandonado”
por las élites y revivificado con la suma de nuevas tribus
urbanas y vendedores ambulantes, se transformó en el espacio
ideal para contraponerse a los espacios oficiales, fuera de los
circuitos de galerías de arte, museos y otras formas institucionales.
Octubreazul fue el escenario ideal para la autonomía de formas
expresivas y de explorar medios como la performance. Por primera
vez, a través de éstas, se configura un espacio para
hacer visible lo que por mucho tiempo había sido supeditado
a lo invisible. Si en otros países de Latinoamérica
el cuerpo, en su desnudez, ya había sido acogido como territorio
de exploración, aquí aparece por primera vez en el
espacio público, como articulador de discursos y rompiendo
el esquema de convencinalismos que niegan ese encuentro. El cuerpo
femenino se transforma en protagonista del momento y figura central
de discusiones artísticas y rompedor de esquemas tradicionalmente
masculinos.
A ocho años de distancia, Octubreazul fue el evento que propició
acciones que se interesaban por ciertos visos de los eventos polìticos
pero que nunca llegaron a perfilarse como activismo. Es decir, tambièn
expuso la debilidad de sus discursos y sus contradicciones al concentrar
sus mayores esfuerzos en las poéticas. Sin embargo, hay un
espectro de razones que responden a ese momento particular y que,
en medio de sus visos de pureza y romanticismos, es innegable que
este movimiento marcó el inicio de
un nuevo proyecto artìstico que desplegaba algo nunca visto:
una energía cuestionadora capaz de arrojar alguna luz sobre
una realidad que se presentaba confusa y llena de contradicciones.
Con grandes vacíos de información y formación,
toda esta nueva dinámica tambièn introdujo la dificultad
de enfrentar sus experiencias con la institucionalidad local, cuya
incapacidad para reconocer estos movimientos se sumaban a toda una
serie de procesos de desmotivación y descalificación.
Si han logrado sobrevivir ha sido por la interlocuación desarrollada
en espacios independientes locales o por la madurez que se alcanza
cuando la obra es expuesta en el exterior y se aprende a defenderla,
con las herramientas que esa misma exposición proporciona.
Aunque todo esto alcanzó para introducir momentos de escepticismo
y de largos silencios de producción, aquél tiempo
sirvió para rendirnos a la evidencia de que la concepción
del arte con imperativos críticos era un ejercicio necesario
después de un período brutal que produjo toda una
herencia de traumas sociales y personales.
Por otro lado, en el campo curatorial, me parece,
se hacen evidentes los consensos sobre cómo se vivio ese
primer momento y sus posteriores efectos. De ahí que la primera
interrogante para el artista contemporáneo sea establecer
una serie de coordenadas, donde no solo se rescaten los valores
que originaron el movimiento sino se evidencien los posibles vínculos
entre el arte y los distintos frentes sociales y éticos.
Todos ellos enmarcados en los nuevos modelos de gestión que
están beneficiando precisamente a este tipo de prácticas
artísticas.
Uno de los proyectos que responde de manera concreta es la exposición
titulada Los desaparecidos. Originalmente, esta exposición
es un esfuerzo del North Dakota museum of Art y su curadora Laurel
Reuter. Es una exposición itinerante que reúne las
obras de varios artistas latinoamericanos contemporáneos
como Luis Camnitzer, Ana Tiscornia, Arturo Duclos, Oscar Muñoz,
Sara Maneiro, Fernando Traverso y Luis Gonzàlez Palma entre
otros. Su trabajo refleja en diferentes medidas los resultados de
la violencia durante los regímenes instaurados en Argentina,
Brasil, Chile, Colombia, Venezuela, Guatemala y Uruguay. Surge a
mediados de los noventa y a partir de un texto escrito por entre
1987 y 1989 por Lawrence Weschler, escritor de la revista The New
Yorker que reveló al público norteamericano la realidad
sobre los desaparecidos en Latinoamérica. Estos textos fueron
el detonante para que Laurel Reuter iniciara un viaje a través
de la historia latinoamericana y encontrarse que muchos artistas
visuales estaban creando obras elocuentes y rotundas sobre el tema
de las desapariciones forzadas.
DESAPARECIDOS EN GUATEMALA
El término desaparición es un eufemismo
y una evasión. La exposición que lleva el nombre,
Los Desaparecidos, señala que estas personas no desapariecieron,
fueron parte de una estrategia militar que implicaba sustraer con
distintos métodos de represión a personas visibles
o comunes, sustraerlas de sus ámbitos familiares, de participación
política, laborales, etcetera, para dejarnos sin rastro de
sus paraderos y nunca más ser vistos. La incognita, el miedo
y la sosobra eran las únicas estelas visibles.
En Guatemala fue ésta una táctica
efectiva de la represiónn, aplicada por aquellos que estaban
en el poder de tomar a las personas que desarrollaban un papel en
la sociedad, se comportaban como sujetos, para convertirlos otra
vez en unos buenos objetos, invisibles, mudos y neutros. Con el
paso de los años, cada uno de los regímenes se encontró
con todo tipo de dificultades (la derrota militar, desastres financieros,
el desarreglo institucional) e inició su retiro cuidadoso
de la escena política. De manera invariable, se obsequiaron
a sí mismos amnistías, protegiendo aún más
a sus oficiales de ser enjuiciados por cualquiera de las atrocidades
en las que ellos en todo caso constrantemente negaban su participación.
Llevar esta exposición a Guatemala, además
de ofrecer un extraordinario recorrido artìstico, se establece
como estrategia de visibilizaciòn de los hechos. Por ejemplo,
antes de la misma, me atrevo a afirmar, era imposible comprender
la diferencia entre una desaparición y una despariciòn
forzada. Ademàs, la exposición coincide con la Ratificaciòn
de la Convenciòn Internacional contra Desapariciones Forzadas,
lo cual permite tipificar el delito ademàs de iniciar los
procesos legales contra los actores intelectuales.
A través de obras sorprendentes y emotivas,
la exposición enmarca aquellos esfuerzos por reconstruir
nuestras memorias. Necesariamente responde a las secuelas del conflicto
armado, que siguen muy presentes en la sociedad, sin que se hayan
explorado a fondo ni asimilado en su totalidad.
EFECTOS DE LA EXPOSICIÒN EN GUATEMALA. HORROR
VACUI
Como ya he mencionado, a finales de la década de los noventa,
la palabra performance comenzó a situarse como lenguaje fundamental
en las prácticas artísticas contemporáneas.
El emblemático Octubreazul, proyectos de arte independiente,
galerías altlernativas como Contexto, e inesperados premios
como el otorgado a Aníbal López y a Regina Galindo
en la Bienal de Venecia, colocaban al arte contemporàneo
de Guatemala en una dinàmica de evolución donde la
percepción del cuerpo individual y social fueron fundamentales.
De tal manera, una de las estrategias que se tomaron para leer Los
Desaparecidos en Guatemala fue la de generar una respuesta local
a travès de una primera muestra de performance, acciones
e intervenciones artísticas. Llamada Horror Vacui, fue esta
una respuesta desde el arte, sobre uno de los temas más contrevertidos
en la biografía política de nuestro país.
Los artistas invitados, utilizan los medios en
su carácter de obras efímeras y propiciadoras de sugerencias
poéticas, políticas y críticas, para estimular
el diálogo y la reflexión sobre el dilema existencial
que provoca la ausencia, el horror al vacìo que sucede a
la desaparición forzada de padres, madres, hermanos, amigos,
intelectuales, niños, mujeres, personas...
La muestra reunió durante dos días
acciones en el espacio del Centro de Formación. Asimismo,
un recorrido teórico que, a través de conferencias
y diálogos, intenta subrayar las ideas y bases que han estimulado
este importante período del arte contemporáneo en
Guatemala.
MIRANDO AL SUR
El tercer proyecto en mención es Mirando
al Sur, un proyecto en Red de los Centros Culturales de España
establecidos en Centroamérica, Mèxico y Miami. Es
una exposición que iniciò a partir del interès
comùn de propiciar una nueva mirada sobre las narrativas
de las migraciones, sus efectos culturales y còmo el arte
contemporàneo las reflexiona.
Las migraciones se manifiestan en Centroamérica
como un fenómeno social de particular importancia. La región
no ha sido ajena a los grandes procesos de movilidad de poblaciones
que vive el resto del planeta. No obstante, la experiencia más
cercana y que hace visible las dificultades, es la época
del conflicto armado que experimentaron tres de las naciones del
istmo, pero que en los hechos se regionalizó en sus expresiones
y sus alcances. De tal manera, los movimientos de población
obedecieron principalmente a las necesidades de protección
y salvaguardia de la integridad de las personas. La población
que se conoció como refugiada se desplazó en aquella
época con el fin principal de la puesta a salvo de las poblaciones
en riesgo. De ahí que sus necesidades se plantearan en torno
a los conceptos de protección y asistencia, con el propósito
ulterior de retornar.
Una vez concluidas esas circunstancias, a través
de las suscripciones de los acuerdos de paz y el retorno a los marcos
constitucionales en los principales países en conflicto,
el reto era no sólo garantizar el retorno sino la inserción
segura de los retornados. Sin embargo, los hechos han mostrado que
la ansiada reactivación económica, así como
sus consecuencias sociales y políticas, no han proporcionado
este marco de estabilidad.
Mirando al Sur se basa, principalmente, en una
reflexión sobre los impactos de la migración sobre
la región, nuestras ciudades y sociedades, nuestras historias
y psicologías. Esta exposición regresa a las raíces
de la narrativa de las migraciones pero provocando una segunda mirada
–hacia el Sur- sobre el tránsito, insistiendo sobre
los lugares donde éste inicia y se genera, a partir de expectativas
monumentales y realidades frágiles.
Uno de los temas recurrentes en las artes visuales
contemporáneas, producidas en nuestros países, es
el relacionado con los movimientos migratorios, sus causas y efectos.
En los últimos años, han sido varios los proyectos
curatoriales y artísticos que encarnan estos fenómenos.
Muchos de ellos, por lo menos los más visibles, han sido
generados por instituciones y proyectos independientes que han centrado
su interés en el fenómeno y su tránsito hacia
el Norte. La frontera, su dificultad de atravesarla, las ambivalencias
que surgen entre deseo y frustración, han generado un metalenguaje
fronterizo y muy a propósito de los objetivos de los proyectos.
Como contraposición, Mirando al Sur es una
exposición que aprovecha el circuito de la Red de Centros
Culturales de España en la Región, además de
las estructuras tradicionales de exposición e itinerancia,
para situar nuestras miradas sobre una conjunción de obras
y creadores que, a pesar de que deberían de sumarse de manera
natural, es difícil encontrarlas en el mismo escenario.
En sí mismo, este proyecto es un volver
los ojos hacia el Sur para ampliar las perspectivas y comprobar
la reformulación o vigencia de la categoría de lo
mesoamericano a través de estos fenómenos. Asimismo,
trata de descolocar el Norte como fin del viaje. Más bien,
sugiere una movimiento en continuum, que exorcisa la idea del ilegal
y reconoce al migrante como agente imprescindible en la definición
de nuestras sociedades y de un porvenir no excento de tensiones.
A través de obras vinculadas con las artes
visuales, esta exposición intenta demarcar el síndrome
de una epóca signada por los éxodos humanos y, como
consecuencia universal, el miedo al otro, que es también
el miedo a la pobreza, a la inseguridad, a las diferencias abismales
y a la creciente imposibilidad de relacionarnos.
CONCLUSIONES
A manera de recapitulación, los proyectos
Octubreazul, Horror Vacui y Mirando al Sur, se conciben opuestas
a toda visión hegemónica de cultura en Guatemala.
A pesar de que apuntan hacia la convivencia y negociación
con lo institucional, ejercen una contrapartida rotunda contra el
desprecio que los grupos màs reaccionarios puedan emitir
contra estas prácticas y formas del arte contemporáneo.
Además, la resonancia que cobran en los medios, el público
y el ámbito artístico en general, resulta de una intensidad
difícilmente equiparable.
De entrada, pareciera una contradicción
rotunda que estas formas y prácticas artísticas sean
acogidas por figuras institucionales, una figura que fuera antagónica
a sus principios. Sin embargo, al considerar que ésta –dentro
de sumarco de acción específico- ejerce el espacio
de alternatividad, es comprensible que exista un espacio de convivencia
suficientemente flexible o, por lo menos, negociado y concensuado.
En general, me refiero a instituciones que se
articulan desde las líneas de trabajo e ideologías
que despliega la cooperación internacional. Su presencia
en el país ha sido producto de toda una serie de acuerdos
políticos, de carácter diplomático o voluntades
no gubernamentales. Hoy por hoy, en Guatemala y otros países
de la región centroamericana, son las únicas instituciones
que consideran el aporte de recursos para el desarrollo de la actividad
cultural, en forma de proyectos puntuales o como aporte a la profesionalización
de las prácticas relacionadas con la gestión cultural
. La convivencia no ha sido fácil pero los procesos de diálogo
han sido factibles. Como resultado, los intereses se alimentan y
distribuyen en doble vía. Tanto Los desaparecidos, en su
versión local de Horror Vacui, y Mirando al sur, son exposiciones
que lograron desplegar sus estrategias a través de planteamientos
curatoriales que buscan replantear la memoria en momentos decisivos
de la historia de Guatemala y el tema difícilmente tendría
acogida en instancias locales o empresas privadas, las cuales, generalmente,
han de apoyar expresiones de carácter convencional, que evaden
los cuestionamientos, el ejercicio crítico y cambios de mentalidad
frente al arte.
En un medio lleno de carencias, ¿qué o quién
puede exigir purismos a la hora de considerar el uso de estos escenarios
y sus recursos como posibilidad de dimensionar lo que generalmente
se trata de invisibilizar o acallar en el terreno de la cultura
oficial?
Para países como Guatemala, el arte es susceptible de permanecer
como un acto fallido. Sin embargo, a partir del reconocimiento de
sus debilidades, a través de procesos que incluyen el ensayo,
el error, la reflexión, la vuelta a ensayar, todo en el marco
de la precariedad, han dado la pauta para también reconocer
sus posibilidades al negociar favorablemente espacios y puntos de
apoyo.
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